domingo, 27 de enero de 2013

El Pirata del Ibero


Nao, de madera, sangre y acero; surcaba los mares de finales de Diciembre, sus velas estaban al límite, sus hombres ansiosos, pues no eran tesoros lo que buscaban, no, sino una espada.
 Buenaventura se llamaba el capitán Pirata, Viriato, su timonel, Cervantes en lo alto de la vela, con su telescopio oxidado, Cortés el Navegante, con sus mapas estrellados y empapados de Sal; Cipriano el cocinero, pela patatas en las cocinas, ya por diversión, pues el hambre hace que cocine las pieles, cosa que a Ginebra, hermana del Capitán la apasionaba comer, eso sí, con un poco de perejil; Y Luís, El Marido de Ginebra, ah, Luís, ese avaro, tal es su opulencia con los oros que en una batalla cortó el brazo a un Inglés y lo conservó asta media hora después que terminó la batalla y pudo arrebatar el anillo de la fría mano de su adversario ¡y tiene una bolsa con cientos de anillos!, cosa que no entendía ni siquiera Tomás el único hombre cuerdo de aquel Nao, que solo se dedicaba a Restaurar el barco después de cada batalla, poner lar armas a punto, comprar víveres, fregar la cubierta, vigilar la bodega, arriar las velas, vigilar en las oras de sueño y disparar los cañones.





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